El espejo de la tarde

 El espejo de la tarde

Cada tarde, antes de salir de casa, Laura se miraba en el espejo del pasillo. Era grande, con un marco de madera desgastado que su madre había heredado de su abuela. Frente a ese espejo, Laura ajustaba su blusa, se acomodaba el cabello y se hacía preguntas que nunca decía en voz alta:
"¿Estoy bien así?"
"¿Y si mejor me pongo algo que no llame la atención?"

A los 16 años, Laura sentía que el mundo la observaba con lupa. Le molestaban sus mejillas redondas, su voz algo grave, su estatura baja. En la escuela, nadie la molestaba directamente, pero había comentarios sueltos, miradas rápidas y risitas que flotaban como fantasmas. Se acostumbró a caminar rápido, a sentarse en la última fila y a no levantar la mano, aunque supiera la respuesta.

Un día, la profesora de literatura pidió a cada estudiante escribir un texto personal sobre su reflejo. “No quiero descripciones físicas —dijo—, quiero que se miren con los ojos del alma”. A Laura le pareció una idea ridícula. ¿Qué se supone que debía escribir? ¿Que no le gustaba su reflejo? ¿Que muchas veces deseaba ser otra persona?

Esa noche, se sentó frente al espejo. El marco viejo crujió un poco al apoyarse en él. Se miró como si fuera otra persona. Sus ojos, aunque pequeños, eran intensos. Su cabello, que siempre intentaba alisar, caía libremente en rizos suaves. Había dulzura en su rostro, una especie de tristeza tranquila que no había notado antes.

Entonces comenzó a escribir.

Contó cómo se había sentido invisible por mucho tiempo, cómo cada prenda que usaba era una barrera para no destacar, cómo había fingido no interesarse por cosas que amaba por miedo a parecer “rara”. Pero también escribió sobre cómo, poco a poco, empezaba a entender que su valor no dependía de la aprobación ajena. Que su voz, su forma de pensar, sus silencios… todo eso también era belleza.

Cuando leyó su texto en clase, lo hizo con las manos temblando. Pero al mirar a sus compañeros, notó algo que nunca antes había visto: atención genuina. Nadie se rió. Algunos incluso aplaudieron suavemente cuando terminó. Ese día, Laura no se escondió en el fondo del salón.

Desde entonces, el espejo del pasillo ya no era un enemigo. Se convirtió en un confidente. A veces, aún dudaba, aún se sentía insegura. Pero ya no huía de su reflejo. Lo aceptaba. Porque había descubierto que mirarse con los ojos del alma es el primer paso para quererse de verdad.

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