Entre pasillos y café
Entre pasillos y café
Era su primer día en la universidad. Camila no sabía si temblaba por el nerviosismo o por el frío de la mañana. Caminaba entre edificios enormes, sintiéndose como una pieza pequeña en un rompecabezas inmenso. A su alrededor, los demás parecían tener todo claro: sabían adónde ir, cómo vestirse, con quién hablar. Ella, en cambio, solo tenía una libreta nueva, una pluma azul y una mezcla de miedo y esperanza.
Entró a su primera clase y se sentó al fondo. Observó en silencio. El profesor hablaba con pasión sobre teorías del aprendizaje, y aunque no entendía todo, hubo una frase que le quedó grabada:
"Estudiar no es llenar la mente de datos; es aprender a mirar el mundo con otros ojos."
Camila anotó esa frase en mayúsculas. Tal vez, pensó, no estaba tan perdida como creía.
Los días pasaron, y cada pasillo de la universidad fue dejando de ser desconocido. Aprendió que los mejores apuntes no siempre se escriben en clase, sino en charlas de cafetería, cuando las ideas fluyen entre sorbos de café y risas compartidas. Hizo amigas con quienes estudiaba hasta tarde en la biblioteca, amigos que la invitaban a debates, ferias de libros y cine-foros.
Pero no todo fue fácil. Hubo días en los que dudó de sí misma, en los que un examen difícil o una exposición fallida le hicieron pensar que no era lo suficientemente buena. A veces lloraba en secreto, deseando regresar a la comodidad de su colegio. Pero entonces recordaba por qué estaba ahí: porque quería ser maestra, porque amaba enseñar, porque un día alguien creyó en ella y le dijo que podía lograrlo.
Un día, en medio de un proyecto de investigación, Camila visitó una escuela rural como parte de su práctica. Al entrar al aula, los niños la miraron con una mezcla de timidez y curiosidad. Ella se presentó con voz temblorosa, pero al empezar a explicar una sencilla dinámica de lectura, sintió que algo en su interior se encendía. Esa tarde, por primera vez, se vio a sí misma no como estudiante, sino como futura profesional.
Al regresar a la universidad, comprendió que el aprendizaje no estaba solo en los libros, sino en cada persona que conocía, en cada error, en cada intento. El crecimiento académico era más que pasar materias: era superar miedos, descubrir talentos ocultos y formarse como ser humano.
Camila ya no se perdía en los pasillos. Caminaba con paso firme, con su libreta gastada, su pluma azul y una nueva certeza: estaba en el lugar correcto, construyendo su futuro paso a paso.
Comentarios
Publicar un comentario